VIVIR CON SENSIBILIDAD, por Pilar Merino. 2015

Pilar Merino es escritora y está afectada por SFC y SQM.

Su colaboración con Joaquín Araújo en el proyecto “Experiencias de vida que crean arte” a propuesta de FEDER, le ha dado la oportunidad de escribir sobre su día a día con la enfermedad. Pilar nos ha creado este poema. 

 

VIVIR CON SENSIBILIDAD*

Pilar Merino

La tierra ama nuestras pisadas y

teme nuestras manos.

Joaquín Araujo.

* Sensibilidad Química Múltiple

Respiro

un aire que compartimos

es nuestro, tuyo, de todos.

Es magia transparente que nutre al planeta

vive en mi perro y en mis geranios

atraviesa la tierra para llovernos,

regalarnos vendavales o granizos.

Y también paz.

Ahora nos roban las nubes

el suavizante convierte tu camisa en una pradera

el ambientador de kiwi hace de tu casa un paraíso

el último perfume unisex te vuelve arrebatador.

Millones de euros en publicidad.

Millones de partículas tóxicas en el aire.

El planeta arrastra el cansancio

de un siglo de industria,

sus pulmones intoxicados de químicos

que nadie quiere nombrar.

 

“Lo que no se menciona, no existe”,

piensan,

pero no es cierto.

 

Somos canarios de la mina

dando la voz de alarma

la amenaza y el peligro son reales

se escuchan en nuestro canto agónico

en la vida que perdemos al respirar

el humo de combustibles y barbacoas

el champú y el brillo para uñas

la tinta del rotulador de un niño

que imagina un cielo con nubes amarillas.

 

Podrías pensar que mi sensibilidad es mía

propiedad única e intransferible

solitaria en un mundo globalizado.

Pero somos muchos

cada día más

quienes buscamos “áreas blancas”

–tal vez una quimera–

zonas libres de químicos y radiación

para bailar con el susurro de los sauces llorones

un lugar donde soplen risas y los alisios más puros

donde al cuerpo se le borren las rutinas y los síntomas

donde el alma se convierta en germen

del que brote una nueva lista de deseos.

 

Un lugar donde se escuche el rumor

de la eternidad que fuimos,

donde se respete la magia del aire que vive

en mi perro y en mis geranios,

que nos obsequia vendavales y granizos.

Y también paz.

Si fuese posible elegir,

como en las tiendas o en el tiro al blanco

hubiese pedido una enfermedad menos compleja,

más normal,

que me diese un respiro

para poder ir al cine o al restaurante,

entrar a una iglesia o besar a un niño.

 

Agotada

con una herida que nunca cicatriza

como la madre que hubo de parir todas las tierras

sin recibir alimento

me sobran los motivos para no salir de casa:

vómitos y cefaleas

desmemoria y fatiga

el ahogo del pecho

la cabeza revuelta como piezas de un puzzle agitado vértigo sin abismos

taquicardia y picores

afonía y tos

el insomnio durmiendo en la almohada

dolores del derecho

dolores del revés.

Ninguna pastilla para remediarlo.

 

Mi piel respira

con su aliento de poros y glándulas

la luz y el ruido que le sobran al mundo.

 

En mi imaginación soy libre

como el ave que vuela hasta el pico más alto del silencio

como la mariposa que migra a otro país

como el lince que, veloz, deja atrás a su sombra.

Mi cuerpo se guarda en los límites de mi casa

–estrecha cárcel–

aquí no necesito mascarilla

–cárcel aún peor–

con mi purificador doméstico

y una ventana amable

convierto mi hogar en la poesía

donde alcanzo a ser lo que deseaba ser.

 

El mundo entero se queda tras el cristal:

los amigos y la familia

los coches y las boutiques

aviones fumigando cereales y frutas

la ropa recién lavada del vecino

los transgénicos

la natación y el trabajo

los océanos bañados en mercurio

los bosques sin ramas.

Todas las especies en peligro de extinción.

Respiro

un aire que compartimos.

Cada vez menos.